La garganta de los caballeros

Hace unos días comentaba con Nuhmen a modo de feedback lo rapidito que solemos diseñar la vuelta de las meditaciones, como si la ida fuera más importante que el regreso. Y, de repente, me veo haciendo lo mismo en mi camino de regreso de mi caminata. A la ida parezco Heidi regodeándome en los recodos del camino y sus elementos: "oh, mira, una vaca", "una piedra", "una poza"... Y venga fotos... Y a la vuelta parece que me da igual todo salvo llegar a mi coche y terminar de andar.

Sí, quería llegar al coche a toda costa, retornar al hotel, y tirarme a oscuras en la cama para poder descansar no solamente los músculos, sino también una piel castigada por el sol de todo el día. Hizo mucho calor ayer y en la ruta no había sombras bajo las que guarecerse. Me he quemado un poco.

La ruta era hermosa. Esta zona tiene mucha piedra granítica que forma pozas de aguas cristalinas a lo largo del curso de los ríos. Lugares donde poder bañarme, que es algo que me encanta. Es una de las cosas que más me gustan. Pero para ello hay que llegar a las pozas y no siempre es fácil. En esta ruta, por ejemplo, había que caminar un largo trecho hasta llegar a la garganta, donde se formaban pozas más asequibles. Si el podómetro da una medida correcta (Blanca dice que mi podómetro mide de más), eso serían unos 6km en ascenso. No es un desnivel exagerado, pero el camino está lleno de piedras sueltas, que no facilitan la marcha.

El calor y mis ganas de baño me han impedido ascender más. La ruta acaba en una laguna a la cual no he llegado. Creo que me quedaba bastante por caminar, de todas formas. El camino seguía atravesando la garganta como si estuviese ascendiendo por Cirith Ungol, con el riesgo que eso tiene. Mi límite era físico, horario y de recursos: no se puede caminar sin agua suficiente y menos en un día tan caluroso. Una parte de mí siente no haber avanzado más, pero la otra se siente afortunada de haber podido tener más tiempo para el baño. 



Tres baños. El primero ya era un indicador del sobrecalentamiento corporal que llevaba encima. No se puede empezar tan tarde a caminar, pero el horario de desayuno del hotel no da para más, además de mi gesto para con unos gatos callejeros del pueblo a los que llevo alimentando estos días por pena. Empezar tarde implica que el sol ha levantado mucho y qe pega de lo lindo. Cuando he visto el agua, no he dudado en el baño. Las primeras pozas eran pequeñas en un mar de piedra de granito. Llegar allí no ha sido fácil. He tenido que descender por la morena como si de una cabra montesa se tratase, aunque con menos agilidad y gracia. Esto desgasta mucho también, porque requiere de un consumo de energía más elevado. Son movimientos a los que no estoy acostumbrada, y requiere de equilibrio y de cierta atención para no despeñarse. La recompensa merece la pena. Pedazo de baño. Qué gusto poder refrescarse, apagando la sed de la pie, ssintiendo cómo los músculos se relajan bajo el frescor del agua... Además, bañarse desnuda es un lujazo.

El segundo baño ha sido un poco más arriba, ya metida en el cañón de piedra. Allí hay una poza enorme y profunda de aguas limpias y habitada por truchas. Preciosa pero concurrida. Después de otro descenso caprino, he buscado un hueco para mí en una pequeña poza más arriba, donde he comido el picnic que me prepararon en el hotel. Aquí ya descarté cualquier progreso adicional en la marcha. También encontré a Ella-laraña, una pedazo araña peluda de color marrón sujeta a una gran tela entre dos rocas. Por poco me caigo encima, lo que me habría matado de asco. Me gustaría sentir más aprecio por las arañas, pero ese asco es biológico, me nace desde las entrañas.

Tercer baño en la poza grande, claro que sí. No me lo iba a perder. Que gusto poder tirarme de cabeza al agua. La salida es más complicada por el verdín de las rocas, pero tengo dominada la salida en plan foca que me la facilita. Cómo me gusta nadar en los ríos.

Bajar con el sol en alto es una mala idea, pero esta vez daba igual por la ausencia de sombras. El frescor del agua me ha durado nada, menos aún el efecto del aceite protector. El regreso se me ha hecho pesado de veras, largo, inacabable. Estaba hasta las narices del calor y me dolían los pies de tanto caminar. Y tenía tanta sed... Menos mal que he encontrado un bar de carretera donde poder comprar agua y saciarme. Resultado: estoy derrengada pero contenta. Se nota el efecto de los paseos matutinos, aunque no tengan nada que ver con el terreno de montaña. Algo hacen y yo me siento más preparada. Podría intensificar un poco los mismos para entrenar, pero si nos van a confiar nuevamente dará un poco igual. Que me quiten lo bailado. 

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