Autarquía emocional

Hace una semana del fallecimiento de Jana y parece que hayan pasado meses. El tiempo se ha relativizado mucho en este año: un día parece una semana, una semana parecen meses, un mes parece años. Y así pareciera que este suceso hubiese acontecido hace mucho tiempo atrás, tanto que la pena parece estar superada. Javier V me decía hoy: la pena sí, el duelo no. Quizás sea verdad. A ratos me cuesta creer que no voy a volver a ver a Jana, escuchar su voz, sus expresiones absurdas, sus anécdotas, verla perder el ritmo continuamente con el tambor, sus embodiments, su sonrisa...Y, sin embargo, la siento lejos, como si de otra época se tratara.

La muerte de Jana nos ha puesto un espejo a todos en el que mirar nuestra vida. De repente, todo el mundo se ha puesto a pensar en su última voluntad, por si acaso. Yo me he parado, pero no he llegado a nada concreto. No tengo testamento hecho y en realidad no sé si importa tanto la despedida, porque no voy a estar allí cuando eso ocurra. Por suerte, mi abuela me metió en un seguro de muerte hace muchos años atrás y sé que ellos se pueden ocupar de todas las gestiones para que nadie tenga que encargarse. Obviamente prefiero una incineración, pero como el tema del drakkar está complicado (por no decir que seguramente es ilegal), creo que me conformaría con que aventasen mis cenizas. Podría hacer una lista de los sitios donde poder esparcirlas, pero creo que también da un poco igual. 

Siempre pienso en el cuento de la sirenita de Andersen: convertise en espuma para fundirse en el mar. No se puede ser más Piscis, ni más hermoso.

Una de las cosas que más recuerdo de todo este proceso es justo el momento posterior a conocer el fallecimiento de Jana. Fue durante los minutos previos a una entrevista de trabajo. Estoy convencida de que podría haberla hecho sin problemas, poniendo mis emociones a un lado y concentrándome en la tarea, pero mi compañero se ofreció a cubrirme y acepté. Supongo que puede verse como algo positivo, considerando las circunstancias: acepté la ayuda y fui humana, no profesional.

Me quedé sola y empecé a procesar mentalmente las cosas. Lo primero que hice fue comer las croquetas que había frito un par de horas antes, para poder estar fuerte y encarar todo lo demás. Hice una lista de las personas a las que tenía que atender y las prioricé: empezaría por aquella que estaba sola, sin familia, sin pareja, sin apoyos cercanos. Pero cuando contacté con ella, no fui capaz de localizarla. Así que me quedé sola conmigo misma.

Creo que no he llegado a romper en ningún momento. He llorado, pero ha sido algo tan controlado que me asusta de los efectos que haya podido tener en mi interior. Pero allí estaba yo, llorando serenamente, sola en mi cama, sosteniéndome a mí misma porque no había nadie en absoluto para acompañarme en el duelo. Yo solamente necesitaba un abrazo, alguien que me sostuviese mientras lloraba, pero la única persona a mi lado era yo misma, como siempre en los momentos más duros. Y me di cuenta de que no necesitaba a nadie para pasar por esto. Por un momento pensé: "Autarquía emocional. Enhorabuena, lo has conseguido". Pero no me sentí victoriosa ni poderosa. Más bien fue amargo sentirme tan sola en un momento tan duro. 

Aunque quizás fue mejor eso que las típicas frases manidas o vacías de sentimiento que se reciben a veces. ¿Cómo puede ser la gente tan poco empática e insensible? ¿Por qué la gente no se da cuenta de que lo único que se necesita es acompañar y no comprender o resolver? Nos queda tanto por aprender. Quizás por eso mi error fue esperar de algunas personas un rol que no les pertenecía. 

Cada día tengo más claro de que voy a estar siempre sola. Aunque me alegré de poder estar con mis hermanos de espiral al día siguiente y pasar un rato con ellos, acompañándonos en el dolor. Y, sin embargo, ninguno lloró. Nosotros no hacemos paripés, ni nos rasgamos las vestiduras, ni somos pamplineros. Somos los que pasamos el dolor discreta y austeramente, con contención y serenidad. Somos los que pasamos por fríos y distantes porque se premia el circo. Está claro que tengo un sentido del saber estar diferente a otros.

Y Jana se fue, pero su legado permanece.

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