Retrato de mi ausencia
Me he apuntado a un curso de autoconocimiento a través de la fotografía. Éste es el tipo de actividades que me motiva, porque requiere de un tiempo corto y además me ayudan a desarrollar medianamente mi creatividad. Tiene también un elemento que me gusta: captar fragmentos de mi realidad. Me considero una coleccionista de postales de mi propio mundo, que suelo mostrar a través de mi cuenta de instagram. Es el mundo a través de mis ojos.
Más o menos esa es la idea del curso: contemplar la realidad de una manera propia, personal y única, pues nadie puede ver el mundo como yo lo veo.
La primera actividad es el retrato de la ausencia de uno mismo. ¿Somos conscientes del espacio que ocupamos en el mundo, de cómo nos reflejamos en él? Es fácil verlo en nuestra propia casa, la cual habla de nosotros sin ni siquiera estar presentes. Nuestra casa refleja nuestra identidad, nuestros gustos y preferencias. Prácticamente cada objeto habla de nosotros, así como la disposición de los muebles.
Yo he hecho el retrato de mi cama vacía. Nunca ocupo la cama completa, como si esperara a que alguien llenara el otro lado. Yo solía dormir en el lado izquierdo de la cama, pero terminé quedándome en el derecho cuando esa cama estuvo habitada por alguien más. Fue como si hubiese reclamado ese territorio para sí. Ya me he acostumbrado a ello, pero debería proponerme reconquistarlo, como he hecho con otros espacios.
La elección del escenario de ausencia no es casual tampoco. La cama es importante para mí. No solo paso una cantidad significativa de horas en ella, también es el lugar donde me recompongo, donde sueño, donde me diluyo con el Todo. La cama es un portal a otro mundo, a otra dimensión. Es el lugar donde lloro, donde me acurruco conmigo misma, donde me recojo y me acojo. Puede incluso que sea el centro de la casa. No es un trono, pero podría ser el símbolo de mi soberanía.
Al contemplar la cama vacía me da la sensación de estar muerta y ver qué permanece. Los ingleses tienen una palabra para esto: "linger". Es algo que le cuesta desaparecer, aquello que persevera después de desaparecer. Hasta que desaparece. Como una fragancia. Así es también lo que perdura de nosotros, más o menos efímero, adherido a los objetos.
De repente ya no somos más. Nos resistimos a desaparecer aferrándonos a los recuerdos de otros, que son los que nos mantienen vivos, mientras sean capaz de recordarnos, lo cual va perdiendo fuerza poco a poco. Es algo inevitable. Tenemos vocación de ser la nada.
Pero en ese primer impacto de la pérdida, ¿cómo percibirían otros mi ausencia? ¿Sería notable, sería notada? ¿Importaría? ¿Me echarían de menos? ¿Querrían recordarme? ¿Qué habría supuesto yo para ellos? ¿ Y para el mundo en general?
En realidad, todo nos lleva a un propósito de vida que aún no he descubierto, y mis círculos son también pequeños.

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