Pérdidas

 Mari te da y Mari te quita, pero siempre es justa. Así es la gran diosa del norte, la señora del aire y de la tormenta. La que se lleva aquello que ya no es necesario en nuestras vidas, dejándonos desnudos, como los árboles en invierno, a los que el viento arranca las hojas muertas que penden en las ramas para poder renovarse. Este año, Mari ha entrado fuerte y se ha llevado gente de mi lado. Que ha sido un año de pérdidas en general, y varias personas han ido desfilando a lo largo del mismo, cumpliendo un poco con esa vibración 9 que me toca para este ciclo, pero ahora, además, se junta el eje nodal Géminis-Sagitario, que tiene que ver mucho con los entornos próximos, las creencias y las ideas. Así que, en cierta forma, puedo decir que estoy muy sintonizada con la energía, lo cual supongo que es bueno. Y Mari es de mis Diosas favoritas.

A veces me cuesta identificar a los eneatipos, hasta que se estresan y se abren como una rosa, mostrándote claramente su patrón. Lince es un tres claramente. Ahora repaso lo que hemos vivido y me sorprendo al no haber reconocido antes los signos. Tiene ese gusto por el estatus, la reputación, la consecución de los objetivos, incluso ese vacío existencial que le hace parecer frío y vacío. Mi problema con él es que yo quería salvarlo de sí mismo, cumpliendo con ese patrón de heroína que tengo, que me hace volcarme en los demás para intentar solucionarles las papeletas. Lince necesita mucho amor, pero no se permite recibirlo. Tampoco me pidió nunca ayuda. Mi ayuda, entonces, no era sino una injerencia en su vida. Una injerencia que podía haber terminado con mucho dolor para mí. Por mucho que quiera, por mucho que me duela verle hundirse, es su elección. Y ésta es una de las grandes lecciones para mí este año: dejar que la gente escoja para sí lo que quiere en su vida, como adultos responsables que son. Mi trabajo es apartarme y dejarles ser; mi trabajo es centrarme en mí y dejar que las cosas sucedan como deben suceder, en vez de empeñarme en forzar las cosas hasta puntos insospechados que solamente me traen desgaste y dolor. Y cuánto vengo sufriendo desde hace varios años por esta cabezonería mía de pretender que las cosas sean como yo quiero que resulten, en vez de abrazar lo que son, por poco que me gusten.

Por eso mismo, la salida de Cuervo ha sido más fácil de lo esperado. Ella también ha puesto mucho de su parte por que las cosas resultasen así. Siento haberla sacado de mi vida, porque en el fondo la aprecio y quería que las cosas se resolviesen. Pero ella está en ese rol de víctima, en esa envidia que la ciega, y en esa falta de autocrítica, que ha llegado al límite de lo permisible. Ella no quiere saber más de mí, y yo, amorosamente, se lo concedo. Lo que no voy a hacer es castigarme por su interpretación de la realidad y por sus expectativas de cómo tenían que haber sido las cosas. Tampoco voy a aceptar la culpa de algo en lo que yo no tengo responsabilidad: la ruptura de su relación. Ya no me importa ser la mala de la película, ni que la gente piense mal de mí. He aprendido a perder y estoy aprendiendo a acomodarme en el vacío.

Últimamente me siento más consciente del vacío, como si flotase en él. Como si estuviese en líquido amniótico esperando, durmiendo. Todo es nebuloso, casi irreal, pero es como si nada importase. Me preparo para el invierno, para la chispa de la concepción de un nuevo ciclo.

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