La vida me da flores
Despierto y me encuentro la sorpresa: mi planta de noche ha criado una flor. Es la primera vez en todo el tiempo que la tengo (y son años) en que veo el milagro. Me pregunto si alguna vez el milagro ha ocurrido anteriormente y simplemente lo he ignorado. Una única flor, de un amarillo vivo, como el color de la alegría, si acaso un poco tímida, tratando de ocultarse tras los tallos de las hojas que la parapetan. Una flor de primavera inesperada, con lo que me gustan las flores.
Quizás no es la flor que esperaba tener, pero es una flor. Agradezco el regalo pequeño y tierno que me ofrece la vida, y me dispongo a deleitarme con su belleza. No durará mucho, por eso hay que aprovecharlo. Me gustaría pensar que es una señal de tiempos mejores, que ya va siendo hora. Ya es tiempo de salir a la luz y brillar. No en vano se acerca Beltane con su exhuberancia, su esplendor y su sensualidad. Es el momento de la rueda para disfrutar, para gozar, para recrearse de los sentidos. Las semillas prenden y gestan sueños y proyectos.
Siento todo lo que me contrae y me constriñe cuando lo que deseo es expansión. No tengo más paciencia. He aguantado tanto que no puedo esperar más, no puedo cargar más. La venda se ha caído y veo el daño a mi alrededor. Es hora de plantar flores. Es hora de vivir las mieles. Es hora de vivir bajo el sol hasta que la rueda lleve nuevamente a la oscuridad.

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